Escrito por Luis Zarraluqui Navarro, Socio-director de ZARRALUQUI ABOGADOS

Fuente: Actualidad Jurídica Aranzadi

El 90% de las resoluciones judiciales importantes – autos y sentencias  –  tienen errores en los nombres de los clientes o de sus hijos.

La falta de respeto judicial por el tiempo es clamorosa.

 

El poder de decisión de los jueces sobre la vida de las personas es innegable; de ahí que un ilustre abogado de familia escribiera una vez que “Juzgar es oficio de dioses”.

Sin embargo, generalmente, solo nos fijamos en el fondo de las decisiones que toman los jueces y sus argumentos – que, evidentemente, son muy importantes – y, muchas veces, nos olvidamos de las formas como se producen; y las formas también son importantes, dicen mucho acerca de ese dios que … me limita el contacto con mis hijos, me echa de mi casa o me condena a pagar una cantidad que, incluso, en algunos casos puede ser “para siempre”.

Cada vez es más frecuente que las resoluciones judiciales estén salpicadas de errores materiales – fácilmente evitables – que no solo dan muy mala impresión y producen un daño tremendo, sino que generan muchas dudas acerca de la manera en cómo se ha producido esa resolución. El abuso del copipega – sin posterior revisión – está muy generalizado. En el despacho que dirijo tenemos la estadística de que casi el 90% de las resoluciones judiciales importantes – autos y sentencias – tienen errores en los nombres de los clientes o de sus hijos, “divorcian” a algunos que nunca han contraído matrimonio, hacen operaciones matemáticas simples – sumas y restas – de manera equivocada, omiten manifestaciones que se han realizado en Sala y se encuentran grabadas, etc…Este letrado se ha encontrado, hace bien poco, que en uno de esos copipegas la sentencia “confundía” el nombre del cliente con … el de otro cliente cuya sentencia había dictado hace poco más de un mes.

Para el ciudadano de a pie, que ve, de alguna manera, limitados sus derechos, esos errores son terribles – aunque sean subsanables y “todo el mundo se pueda equivocar” – y, sin embargo, con muy poquito esfuerzo ¿e interés? – a veces una segunda lectura sería suficiente – podrían mejorarse.

Otro bloque de formas mejorables son las relativas a los tiempos. La falta de respeto judicial por el tiempo es clamorosa. Cada vez las resoluciones tardan más en dictarse, los juicios – incluidas las comparecencias de medidas provisionales que la LEY establece que han de celebrarse en el plazo de ¡diez días! – tardan meses en señalarse y las esperas en la puerta del juzgado – no nos olvidemos que es el propio juzgado el que señala (a veces, con 15 minutos entre juicio y juicio) – pueden ser de horas. A las “excusas” normales habituales – falta de personal o exceso trabajo – ahora le hemos añadido el “covid”, que sirve para todo, o el “bendito” teletrabajo; en un juzgado de la Comunidad de Madrid, recientemente – año 2023 – estuvimos hablando, en varias ocasiones, con la funcionaria de un juzgado encargada de la tramitación de un procedimiento de familia en relación con la manera de presentar una determinada prueba el día de la vista y resulta que, llegado el día del juicio, la información era equivocada, porque no nos había dicho que hacía meses que no iba por el juzgado y no se había enterado – ni nadie se lo había dicho – que en el juzgado habían cambiado la configuración de los ordenadores y esa prueba, presentada de esa manera, no se podía ver. ¡Teletrabajaba!

Y un tercer grupo de efectos muy dañinos tanto para la imagen de la justicia como para el ciudadano son los de la “puesta en escena”. Probablemente sea “políticamente incorrecto”, pero no podemos tener jueces celebrando juicios en mangas de camisa. Sin toga y sin puñetas. Sin excusas propias de “blandos”. Tampoco los abogados. La imagen es importante; no puede ser un “compadreo”. No podemos consentir – y desde dentro los propios actores debemos combatirlo más – esa falta de respeto. Es cierto que todos los días asistimos, por parte de nuestros gobernantes y representantes, a espectáculos vergonzosos, pero no podemos ni debemos colaborar con esa manera de impartir justicia. Es una falta de respeto hacía la institución a la que representan y hacia los ciudadanos que, a través de los impuestos, les pagan. Esos dioses que nos juzgan, además de serlo tienen que parecerlo.